martes, 9 de abril de 2013

Yo también he leído El Elemento

Sé que no soy el primero ni descubro nada a la tribu pedagógica, pero lo he leído y tenía que contarlo. Ha sido una lectura muy inspiradora.

Me acerqué a El Elemento con interés por las múltiples recomendaciones, pero con la sospecha de estar ante un manual de autoayuda. Nada más lejos de la realidad. El Elemento no es autoayuda, sino un golpe en la línea de flotación del concepto de sistema educativo universalmente aceptado. A medida que avanzaba en la lectura, Sir Ken Robinson respondía a mis objeciones con contundencia y nitidez.

Para quien no lo haya leído [que lo lea], el libro postula que todas las personas tenemos una zona en la que confluyen aquello que mejor sabemos con hacer con aquello que más nos hace disfrutar. Ese lugar es el Elemento. Cuando lo encontramos todo cambia. A partir de ahí Sir Ken Robinson explica, con historias reales de personas, cómo se descubre y se vive en el Elemento. Y de paso expone cómo la escuela mata la creatividad, se convierte en el principal enemigo de el Elemento y condena a millones de personas en todo el mundo a una existencia gris y pesada.



La lectura de El Elemento me hace sentir incómodo y aprisionado entre las paredes de mi colegio. De repente, todo lo que sucede aquí me parece torpe y limitado. Hasta alguien poco amigo de las revoluciones, como es mi caso, se apunta al cambio de paradigma. Así que, para empezar con él, me atrevo con cinco propuestas:

1. Sacudirse el miedo.
El cambio produce vértigo, pero estar convencidos (en plural) de la conveniencia de ese cambio es una fuerza capaz de vencer al temor. No se alcanza la  meta sin salir de la zona de confort.

2. Confiar en las personas.
En la escuela hay, sobre todo, maestros y niños. Confiemos en ellos. En los talentos de unos y otros. Hay niños con enorme potencial aplastado por el peso del curriculum oficial. Hay infinidad de maestros brillantes aburridos de un sistema educativo que no reconoce ni promociona su talento pedagógico. Debemos dar oportunidades a unos y otros de crear, explorar y equivocarse para avanzar por caminos insospechados y alcanzar metas ni siquiera imaginadas.

3. Escuela de ojos y oídos abiertos.
Escuchar más y hablar menos. Observar más y vigilar menos. Dejar que pasen cosas. Ver que ocurre. Analizar. Aprender de ello. Explorar. Crear.

4. Derribar los muros interiores.
Esos que compartimentan la escuela en trocitos por edades y por asignaturas, en muchos casos, sin puertas ni ventanas que los comuniquen. Estos muros no existen en la vida real. Sólo están ahí por un modelo heredado que no tiene nada que ver con el mundo actual. Y por qué no, derribar también los muros de ladrillo.

5. Saltar la valla.
La que separa el colegio de todo lo que pasa fuera, de la vida real. Saltarla hacia dentro y hacia fuera. Dejar que ambas realidades, tan artificialmente diferentes, se fundan y se enriquezcan.

1 comentario:

  1. Muchas gracias, me acabas de recordar que tengo pendiente la lectura de este libro. Un saludo

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