sábado, 30 de junio de 2012

Lo que aprendí en la escuela rural

Recientemente en Castilla-La Mancha hemos escuchado con ese tono tan solemne como vacío de los políticos que la escuela rural no garantiza la misma calidad educativa que los "colegios normales". No voy a entrar a discutirlo, entre otras cosas, porque quien esto afirma no ha expuesto argumentos, que es sobre lo que a mí me gusta discutir. Simplemente me limito a contar lo que yo he aprendido en uno de estos colegios a-normales, el CRA Segóbriga de Saelices (Cuenca), donde hoy me despido tras tres cursos en dos etapas como orientador.



Niego la mayor. Este es un colegio normal. Los niños son bajitos y gritan en el recreo. Se sientan en sillas y escriben sobre mesas. Las pizarras son verdes y las tizas blancas. Hay ordenadores que proyectan sobre pizarras digitales. Hay hasta wifi. Los maestros saben dar clase y se enfadan cuando no les atienden. Celebramos festival de Navidad y los padres lo graban con el móvil.

Lo que no hay es aulas masificadas. Aquí ningún alumno se sienta en la última fila. Nadie es un número. Todos tienen nombre. Aquí la enseñanza individualizada es individualizada. Cuando un alumno es el único de su curso en su aula, su proceso de aprendizaje siempre está ajustado a su ritmo y sus capacidades. Cuando las aulas son pequeñas, el maestro advierte las dificultades de un vistazo y ajusta la enseñanza en el momento.



Las "aulas normales" de los "colegios normales" tienden a la homogeneidad. En mi colegio rural la heterogeneidad es lo normal. La atención a la diversidad no es lo excepcional, no es lo que se hace para unos pocos. La atención a la diversidad es la norma de funcionamiento de cada aula porque concebimos cada grupo como diverso.

Aquí he aprendido que los alumnos mayores se hacen más responsables cuando comparten espacios con los pequeños y les ayudan; que los pequeños aprenden antes y más rápido porque ven y oyen lo que hacen los mayores. Y que todos son más autónomos porque en su clase hay niños de varios cursos y cada uno trabaja a su ritmo.

He aprendido que abriendo las ventanas de la clase se pueden ver y escuchar las grullas a su paso por la laguna de El Hito. Y que en mitad de las tierras de las que viven emerge un parque arqueológico con un anfiteatro o un teatro romanos que es para ellos un verdadero viaje en el tiempo. Y los niños aprenden a amarlo y respetarlo. Es su pueblo, lo poco y lo mucho que tienen.

La escuela rural me ha enseñado a ver de cerca y con detalle, como si fuera una de esas cámaras superlentas, cómo niños se van forjando en adultos. Mi aprendizaje aquí también ha sido de calidad. Sirvan estas líneas de homenaje al maltratado profesorado de la escuela rural, que está viendo como se desprecia su labor; y a cada uno de los alumnos y familias de mi colegio, con los que he aprendido a hacer mejor mi trabajo. A todos ellos, gracias y hasta siempre.

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