miércoles, 7 de diciembre de 2011

Leonardo y el aprendizaje

"Saber no es suficiente, es preciso aplicar. Estar dispuesto no es suficiente; hay que hacerlo"
Leonardo Da Vinci

Ayer aproveché el día festivo para visitar con mi familia la exposición "Da Vinci, el genio", recientemente inaugurada en el Canal de Isabel II de Madrid. Impresionado por el ingenio del artista, inventor, filósofo, escultor, científico y un interminable etcétera, no pude evitar lanzar una mirada pedagógica ante tan asombroso personaje. Me pregunté sobre el proceso educativo que culmina en una obra de tal calado innovador.


La respuesta me fascinó. Leonardo fue hijo ilegítimo, por lo que no tuvo acceso a la formación reglada que se consideraba apropiada en la época. No le fue permitido aprender latín y griego, lenguas que recogían todo el saber del momento. Su peculiar escritura de derecha a izquierda fue una solución al problema que le ocasionaba ser zurdo para escribir, pero, al mismo tiempo, es un claro ejemplo de que aprendió por libre, sin corsés, ¡sin libros de texto! 

He ahí la genialidad del proceso. Leonardo aprendió porque quería aprender, porque no tuvo a nadie que le hiciera preguntas con mirada severa. Él se bastaba para hacerse las preguntas, para decidir qué aprender, qué investigar, qué innovar. Su aprendizaje fue un proceso continuo de resolución de problemas y de proyectos por realizar. Como su legado atestigua, ese es un proceso que se sabe cómo empieza, pero no cómo acaba. Quiso saber tanto, qué dejo tantos proyectos inacabados, tantos ingenios sin culminar. La humanidad ha necesitado siglos para rematar su obra. Como con tantas otras innovaciones del genio Leonardo, él no lo supo, pero también inventó el aprendizaje por proyectos. 

No digo yo con todo esto que en nuestras escuelas haya que prender fuego a los libros de texto (o sí) o que para educar genios haya que prescindir de la enseñanza formal (o sí). Lo que sí afirmo es que con nuestro diseño curricular actual tan cerrado, estructurado, fragmentado y dirigido, quizá ya hayamos perdido por el camino a más de un Leonardo Da Vinci.

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